Todos, en algún momento, hemos sentido esa molestia repentina en la boca que nos hace revisar el espejo y encontrar una pequeña llaga blanca o amarillenta en el interior de la mejilla, en la lengua o incluso en el paladar. Sí, hablamos de las famosas aftas bucales. Aunque no son peligrosas ni contagiosas, pueden llegar a ser increíblemente incómodas, especialmente cuando comemos, bebemos o incluso hablamos.
Estas pequeñas heridas, también conocidas como úlceras bucales, surgen de forma inesperada y suelen durar varios días, a veces hasta dos semanas. Y aunque desaparecen por sí solas en la mayoría de los casos, hay quienes las padecen con frecuencia y quieren entender de una vez por todas por qué aparecen y cómo se pueden prevenir o aliviar.

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¿Qué causa las aftas bucales?
No hay una única causa definida, pero sí varios factores que pueden desencadenarlas. Uno de los más comunes es el estrés. Sí, así como lo lees: cuando estamos muy tensos o nerviosos, el cuerpo reacciona de maneras inesperadas, y una de ellas puede ser la aparición de estas llaguitas. También se relacionan con bajones en el sistema inmunológico, cambios hormonales (muy típico en las mujeres durante el ciclo menstrual), pequeñas lesiones en la boca (como morderse sin querer o lastimarse con un cepillo de dientes) e incluso deficiencias de vitaminas, especialmente la B12, hierro y ácido fólico.
Otra razón frecuente es la sensibilidad a ciertos alimentos. Algunas personas notan que después de comer frutas ácidas como piña, naranja o tomate, les brota una afta. También se ha relacionado su aparición con ciertos ingredientes en las pastas dentales, como el lauril sulfato de sodio.

¿Cómo se sienten?
Una afta puede empezar con una sensación de ardor o cosquilleo en una parte específica de la boca, como si algo se estuviera formando ahí. Al poco tiempo, aparece una pequeña úlcera redonda con bordes rojizos y centro claro. Aunque son pequeñas, el dolor que generan puede ser desproporcionado, sobre todo si están ubicadas en zonas que rozan constantemente con los dientes o la lengua.
Remedios caseros que pueden ayudarte
Por suerte, hay varias formas naturales de aliviar el dolor y acelerar la curación. Uno de los remedios más utilizados es enjuagarse la boca con agua tibia y sal. Aunque pica al principio, ayuda a desinfectar y secar la herida. Otro truco muy común es aplicar un poco de bicarbonato de sodio directamente sobre la afta, lo que neutraliza el ambiente ácido y reduce la inflamación.

También puedes usar infusiones de manzanilla como enjuague bucal. Esta planta tiene propiedades calmantes y antiinflamatorias. El aceite de coco, por su parte, es excelente para combatir bacterias y aliviar la incomodidad. Si tienes miel pura en casa, puedes colocar una pequeña cantidad directamente sobre la lesión; además de suavizar, tiene efecto cicatrizante.
¿Y cuándo hay que preocuparse?
En la mayoría de los casos, las aftas desaparecen solas en pocos días. Pero si ves que una de ellas dura más de tres semanas, si aparecen con mucha frecuencia, si son muy grandes o si van acompañadas de fiebre o ganglios inflamados, es mejor consultar con un médico o dentista. A veces pueden ser señal de algo más complejo, como una condición autoinmune o una deficiencia nutricional más grave.

¿Se pueden prevenir?
¡Claro que sí! Aunque no siempre es posible evitarlas por completo, hay ciertos hábitos que ayudan a reducir su aparición. Por ejemplo, mantener una buena higiene bucal con productos suaves, evitar alimentos muy ácidos o picantes si sabes que te afectan, y cuidar tu alimentación para asegurarte de no tener carencias de vitaminas. Y por supuesto, reducir el estrés siempre suma puntos para la salud en general.
Las aftas no son peligrosas, pero pueden hacernos pasar un mal rato. Escuchar al cuerpo, prestar atención a los desencadenantes y tomar medidas simples pueden hacer la diferencia.






























