¿Te ha pasado que, aunque no hayas comido tanto, sientes que tu vientre está inflamado, como si estuviera a punto de explotar? Muchas veces miramos esa “pancita” y pensamos automáticamente que es grasa, que estamos engordando, que tenemos que matarnos en el gimnasio o dejar de comer pan. Pero la realidad es que en muchos casos no es grasa… es inflamación. Y sí, eso cambia todo.
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Esa sensación molesta de pesadez, de que el pantalón aprieta o de que la ropa ya no luce igual, puede deberse a un proceso inflamatorio en el sistema digestivo. Y lo más curioso es que no siempre está relacionado con lo que comiste justo hoy. Puede tener que ver con hábitos, alimentos acumulados, intolerancias o incluso con tu salud intestinal a largo plazo.

Una de las causas más comunes de esta inflamación es la acumulación de toxinas en el colon. Cuando el intestino no funciona de forma óptima, se va generando una especie de “tapón” de residuos que deberían haberse eliminado hace tiempo. Eso no solo causa inflamación abdominal, sino también gases, estreñimiento, y esa sensación de estar “pesado” todo el día.
Pero eso no es todo. También hay alimentos que, aunque sean saludables para algunos, en otras personas pueden causar reacciones inflamatorias. El gluten, la lactosa, los ultraprocesados, los azúcares refinados y los fritos son algunos de los principales sospechosos. Y no, no se trata de que tengas que eliminarlos todos de tu vida, sino de observar cómo reacciona tu cuerpo cuando los consumes.

Otro factor importante es el estrés. Aunque suene raro, vivir constantemente estresado afecta directamente al sistema digestivo. Cuando estamos bajo presión, el cuerpo entra en un estado de alerta que puede alterar el funcionamiento del intestino, generar desequilibrios en la microbiota y provocar inflamación.
Entonces, ¿qué podemos hacer para desinflamar el abdomen?

Primero, es fundamental hacer una limpieza intestinal cada cierto tiempo. No tiene que ser algo extremo, ni necesariamente con productos caros. Existen infusiones naturales, como las de jengibre, menta, hinojo o manzanilla, que ayudan a calmar el sistema digestivo y facilitar la eliminación de toxinas.
También es muy útil incorporar alimentos ricos en fibra, como frutas, vegetales, semillas de chía y linaza. Estos actúan como una especie de “escoba” que barre los residuos del colon. Además, beber suficiente agua durante el día es clave para mantener un tránsito intestinal adecuado.

No podemos olvidarnos del ejercicio. Mover el cuerpo estimula los intestinos, mejora la circulación y contribuye a reducir el estrés. Y no, no necesitas hacer rutinas intensas; con caminar todos los días durante 30 minutos ya puedes notar la diferencia.
Por último, escucha tu cuerpo. Si notas que ciertos alimentos te hinchan, te provocan gases o malestar, trata de reducir su consumo. No hay una dieta mágica que funcione para todos. Cada cuerpo es distinto, y lo que a uno le sienta bien, a otro puede afectarle.

Así que la próxima vez que sientas que tu abdomen está abultado, no corras a juzgarte frente al espejo. Pregúntate: ¿Es realmente grasa o será inflamación? A veces, el primer paso para mejorar es simplemente entender lo que está pasando dentro de ti.





























