El reciente traslado de presos desde la cárcel de La Victoria hacia el moderno centro penitenciario “Las Parras” ha vuelto a encender el debate nacional, pero esta vez por una razón que ha sorprendido a muchos. Algunos de los internos trasladados han expresado abiertamente su deseo de tener celulares inteligentes para comunicarse con sus familiares, una petición que ha generado reacciones encontradas en redes sociales, en los barrios y hasta en círculos políticos.
Lo que comenzó como un proceso presentado como un avance histórico del sistema penitenciario dominicano, hoy se mezcla con reclamos humanos, críticas sociales y una discusión que divide opiniones: ¿deben los privados de libertad tener acceso a tecnología moderna para comunicarse con sus seres queridos?
El traslado desde La Victoria, conocida por años como símbolo del hacinamiento, el desorden y las malas condiciones, hacia Las Parras, una cárcel anunciada como moderna, organizada y más humana, fue recibido inicialmente con esperanza. Muchos pensaron que este cambio marcaría un antes y un después para cientos de internos que durante años vivieron en condiciones difíciles.
Sin embargo, una vez dentro del nuevo recinto, algunos privados de libertad han comenzado a expresar inconformidades. Según testimonios que han circulado, aseguran que aunque las instalaciones son mejores, la comunicación con sus familiares se ha vuelto más limitada, lo que ha generado angustia y frustración.
“Queremos hablar con nuestros hijos, con nuestras madres, con nuestras esposas”, habría expresado uno de los internos trasladados. Para ellos, el acceso a celulares inteligentes no es un lujo, sino una necesidad emocional en un proceso que describen como duro y aislante.
Los reclusos argumentan que en La Victoria, a pesar de las malas condiciones, existían formas informales de comunicación. En Las Parras, bajo un régimen más estricto y controlado, dicen sentirse más vigilados, pero también más desconectados del mundo exterior.
📌 IMPORTANTE: El video relacionado a esta historia lo encontrarás al final del artículo.
El tema ha provocado un fuerte choque de opiniones en la sociedad dominicana. Mientras algunos ciudadanos consideran que permitir celulares inteligentes a presos es un grave error, otros defienden que la comunicación familiar es clave para la rehabilitación y la reinserción social.
Quienes se oponen aseguran que los celulares dentro de las cárceles han sido históricamente utilizados para cometer delitos, coordinar actividades ilícitas y extorsionar desde prisión. Para este sector, la petición de los internos resulta inaceptable y peligrosa. “¿Y las víctimas quién las protege?”, comentan muchos en redes.
Por otro lado, defensores de derechos humanos y algunos especialistas en temas penitenciarios sostienen que una cárcel moderna no solo debe castigar, sino también reeducar. Afirman que el contacto con la familia reduce la violencia interna, mejora la conducta y aumenta las posibilidades de reinserción una vez cumplida la condena.
El caso de Las Parras ha puesto bajo la lupa la verdadera definición de “modernidad” en el sistema penitenciario. Para muchos, no basta con edificios nuevos, cámaras y controles electrónicos. La modernidad también implica protocolos claros, reglas humanas y soluciones tecnológicas seguras.
Algunos expertos han sugerido alternativas, como teléfonos controlados, cabinas de videollamadas supervisadas o dispositivos limitados solo a contactos familiares previamente autorizados. Sin embargo, hasta el momento, las autoridades no han confirmado que una medida así esté en evaluación.
Desde el lado oficial, se insiste en que la seguridad es prioridad y que cualquier acceso a tecnología debe ser cuidadosamente regulado. No obstante, el reclamo de los presos ha abierto una conversación que ya no puede ignorarse.
Familiares de los internos también han comenzado a pronunciarse. Madres, esposas y padres aseguran que desde el traslado se les ha hecho más difícil tener noticias de sus seres queridos. Algunos afirman que pasan semanas sin saber cómo están, lo que genera ansiedad y desesperación.
“Uno entiende que están presos, pero siguen siendo humanos”, expresó una mujer a través de un mensaje que se hizo viral. Para muchas familias de escasos recursos, trasladarse hasta el nuevo centro penitenciario es complicado y costoso, lo que hace que la comunicación sea aún más limitada.
En las calles, la discusión es intensa. En colmados, paradas de carros públicos y grupos de WhatsApp, la pregunta se repite: ¿hasta dónde llegan los derechos de una persona privada de libertad? Para algunos, perder la libertad implica perder ciertos privilegios. Para otros, los derechos básicos no deberían desaparecer tras una sentencia.
El traslado a Las Parras también ha dejado en evidencia que el cambio estructural no siempre va acompañado de un cambio humano. Pasar de una cárcel vieja a una moderna no elimina de inmediato las tensiones, los miedos ni las necesidades emocionales de quienes están dentro.
Muchos recuerdan que el sistema penitenciario dominicano ha sido criticado durante años por no cumplir su función rehabilitadora. En ese contexto, la petición de celulares inteligentes, aunque polémica, refleja una realidad más profunda: la falta de mecanismos eficientes de comunicación y acompañamiento familiar.
Hasta ahora, no se ha informado de protestas formales dentro del centro, pero sí de conversaciones internas y mensajes que han salido a la luz a través de familiares y personas cercanas a los internos. Las autoridades, por su parte, mantienen silencio o responden con cautela.
Lo cierto es que el caso de los presos trasladados de La Victoria a Las Parras no es solo una noticia pasajera. Es un espejo de las contradicciones del sistema: queremos cárceles modernas, pero no siempre estamos listos para debatir qué significa eso realmente.
¿Es posible garantizar seguridad y, al mismo tiempo, permitir una comunicación más humana?
¿Debe la tecnología ser parte del proceso de rehabilitación o es un riesgo innecesario?
La sociedad dominicana tiene ahora una conversación pendiente. Una conversación incómoda, pero necesaria, sobre castigo, derechos, rehabilitación y futuro.
Porque al final, más allá de los muros y las rejas, lo que se decida hoy impactará la seguridad y la convivencia de mañana.
Y tú, ¿qué opinas?
¿Deberían los presos en cárceles modernas tener acceso controlado a tecnología para comunicarse con sus familias, o crees que es una línea que no debe cruzarse?
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