Hablar de la premenopausia puede ser un tema incómodo para algunas mujeres, pero es algo tan natural como cualquier otro cambio que atraviesa el cuerpo con el paso del tiempo. Se trata de esa etapa previa a la menopausia en la que las hormonas comienzan a fluctuar y los ovarios poco a poco reducen su actividad. Muchas mujeres empiezan a notarlo entre los 40 y 50 años, aunque en algunos casos puede llegar antes. Lo importante es reconocer esas señales y no verlas como un “enemigo”, sino como un recordatorio de que nuestro cuerpo está en transición.
La premenopausia no es igual para todas. Mientras algunas apenas notan cambios, otras pueden vivir síntomas más marcados que llegan a afectar su calidad de vida. Saber identificar estas señales no solo ayuda a entender lo que pasa, sino que también ofrece tranquilidad, porque muchas veces lo que genera más ansiedad es la incertidumbre.

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Ciclos menstruales irregulares
Uno de los primeros signos suele ser que el periodo deja de ser tan predecible como antes. Tal vez llegue antes de lo esperado, se retrase varias semanas o dure más de lo normal. Algunas mujeres notan que el sangrado se vuelve más abundante, mientras que en otras se vuelve muy escaso. Estos cambios son consecuencia directa de la variación hormonal, en especial de los niveles de estrógeno y progesterona.
Sofocos y sudoraciones nocturnas
Quizá el síntoma más famoso de esta etapa son los sofocos. De repente, sin razón aparente, la mujer siente un calor intenso que recorre el cuerpo, acompañado a veces de sudor y enrojecimiento de la piel. Cuando ocurren en la noche, pueden interrumpir el sueño y generar cansancio al día siguiente. Aunque son molestos, forman parte de este proceso natural.

Cambios en el sueño
Dormir bien puede convertirse en un reto. Algunas mujeres experimentan insomnio, dificultad para conciliar el sueño o despertares frecuentes en medio de la noche. Esto no siempre se debe únicamente a los sofocos, también está relacionado con el desequilibrio hormonal que altera los ritmos del cuerpo.
Variaciones en el estado de ánimo
Durante la premenopausia, los cambios emocionales pueden ser muy notorios. Irritabilidad, tristeza sin motivo, ansiedad o incluso pérdida de motivación son frecuentes. Estos altibajos son comparables a los que muchas mujeres sienten durante el síndrome premenstrual, pero con una intensidad mayor y más persistente.

Disminución del deseo sexual
Otra señal común es la baja en la libido. La disminución de estrógenos y la sequedad vaginal que a menudo acompaña a esta etapa hacen que algunas mujeres pierdan interés en las relaciones sexuales o las perciban como incómodas. Hablarlo abiertamente con la pareja y con el médico puede marcar la diferencia.
Sequedad de piel y cabello más frágil
El descenso en la producción de estrógeno también repercute en la piel y el cabello. Muchas mujeres notan que la piel se vuelve más seca, pierde elasticidad y aparecen arrugas más visibles. El cabello, por su parte, puede volverse quebradizo y menos abundante.

Aumento de peso y cambios en el metabolismo
No es raro que durante la premenopausia se experimente un aumento de peso, sobre todo en la zona abdominal. Esto ocurre porque el metabolismo se vuelve más lento y el cuerpo tiende a acumular grasa con mayor facilidad. Mantener una alimentación balanceada y una rutina de ejercicio puede ayudar mucho en este aspecto.
Problemas de memoria y concentración
Algunas mujeres describen lo que llaman “niebla mental”: olvidos frecuentes, dificultad para concentrarse o para encontrar la palabra adecuada en una conversación. Aunque puede ser frustrante, es un síntoma temporal asociado a los cambios hormonales.

Conclusión
La premenopausia no es una enfermedad, sino una fase de la vida que trae consigo ajustes físicos y emocionales. Reconocer estos síntomas y aceptarlos como parte del proceso ayuda a vivirlos con mayor serenidad. Además, acudir al médico para obtener orientación es fundamental, ya que existen tratamientos y hábitos saludables que pueden aliviar muchas de estas molestias.
Lo importante es recordar que no se trata de perder, sino de transformarse. Es una etapa de aprendizaje, autoconocimiento y cuidado personal que, bien llevada, puede abrir la puerta a una vida plena y saludable en los años que vienen.






























